February 2012
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“Qrquídea: Es hermosa, es exquise y antipática. No es espontánea. Ella exige una cubierta protectora de cristal. Pero es una mujer esplendorosa, eso no se puede negar. Tampoco se puede negar que es noble; es epífita, es decir, nace sobre otra planta sin, a pesar de ello, obtener de ella su nutrición. Miento: adoro las orquídeas.”
Clarice Lispector, DE NATURA FLORUM (en Revelación de un mundo)
A propósito del más reciente linchamiento ocurrido en el pueblo de San Mateo Huitzilzingo, en el municipio de Chalco, en el Estado de México, y considerando que realizo una investigación antropológica precisamente acerca de los linchamientos en pueblos urbanos, les comparto algunas opiniones (y que pretenden acaso sólo comenzar a poner el tema sobre la mesa).
Los linchamientos o intentos de linchamiento son un fenómeno de violencia colectiva que pretendidamente busca ejercer la justicia por mano propia, es decir que es una forma de ejercer un castigo físico a una víctima bajo el supuesto de que agravió o cometió un delito y que puede llegar a causar su muerte (aunque no necesariamente ese sea el propósito).
Este fenómeno de violencia colectiva no sucede exclusivamente en una determinada región ni es cometido sólo por determinados grupos sociales, pero en la región central de México, en especial en el Distrito Federal y en los estados circundantes a la capital, los linchamientos han tenido una mayor visibilidad –y eventualmente un crecimiento en el número de casos- en los años recientes.
Ante eso, lo primero que es necesario aclarar es que los linchamientos no son expresión de los mal llamados “usos y costumbres”, como generalmente –y de manera peyorativa- se le conoce al conjunto de prácticas sociales y culturales, así como a los sistemas normativos de las comunidades indígenas. Los linchamientos no son parte de las prácticas normativas ni de los pueblos indígenas ni de comunidades rurales o de los pueblos urbanos en primer lugar porque contrario a la opinión más frecuente –y que denota una profunda ignorancia- los sistemas normativos de los pueblos no contempla este tipo de castigos. Por lo tanto, asociar el linchamiento con usos y costumbres es más un prejuicio que asocia linchamientos y pre-modernidad o atraso: si los pueblos linchan es porque son pueblos atrasados, faltos de civilidad, bárbaros, en suma, no modernos. Pero resulta que, para decirlo de manera muy sintética, no es que los pueblos sean bárbaros o no se hayan “modernizado”, sino que en la mayoría de los casos, viven de manera directa y cruda las consecuencias de procesos de modernización que han atentado directamente contra ellos. Despojos de tierra, guerras y procesos de violencia histórica y estructural permanentes, exclusión, falta de oportunidades, no reconocimiento de sus derechos y un largo etcétera constituyen las consecuencias de los procesos modernizadores de los que –también- son parte.
Resulta evidente que los linchamientos ante todo ocurren en un contexto de altísima impunidad y de creciente hartazgo ante la incapacidad de las diversas autoridades para cumplir con su obligación de salvaguardar la seguridad de los ciudadanos. Que se hayan suscitado más de 60 incidentes de este tipo (aunque en su mayoría hayan sido intentos sin desenlace fatal) en el Estado de México en 2011 y lo que va del 2012 es un indicativo de algo más, es un síntoma de que en esta entidad existe una serie de conflictos que tendrían que ser mucho más tomados en cuenta y analizados con mayor profundidad.
En este sentido, los linchamientos son generalmente parte o expresión de un conflicto mayor. No significa que no existan casos que sean casos aislados o sin antecedentes en determinados pueblos. Pero aquí es donde se requiere precisar que otro error es ignorar el carácter revelador que tienen estos fenómenos en tanto parte de un conflicto que puede ser al interior de la propia comunidad, de la comunidad con otras comunidades o, lo que generalmente ocurre, un conflicto de la comunidad con alguno de los diversos niveles de gobierno. Por ejemplo, el caso de San Mateo Huitzilzingo, ubicado en el municipio de Chalco: en este municipio, durante 2010 hubo por lo menos 4 casos, mientras que en 2011 hubo otros 4 intentos. Para determinar qué tipo de conflicto existe en la región y en cada pueblo se tendría que hacer un estudio más amplio, pero creo que la incidencia representa una señal muy reveladora.
Las autoridades repiten y demuestran la incapacidad para explicar, más allá de las aseveraciones basadas en el prejuicio, por ejemplo en los dichos del titular de la Secretaria de Seguridad Ciudadana del Edomex Salvador Neme: “Este tipo de sucesos tienen lugar, principalmente, en localidades que cuentan con un alto nivel de marginación, quizá con algunos usos y costumbres muy arraigados y, por lo general, un bajo nivel de escolaridad. Ya sea en municipios urbanos o rurales”, agregando que existen “características semejantes” en los pueblos donde suceden los linchamientos. Como ya dije, es una aberración asociar usos y costumbres y linchamientos o, si se quiere más antropológicamente y para estos casos en concreto, cultura y violencia. Pero además, lo asombroso es la incapacidad de las autoridades para notar y admitir que precisamente lo común en estos pueblos es, de entrada, la condición marginal en la que se encuentran y que es esa marginalidad -consecuencia de la falta de atención del Estado y no rasgo cultural de los pueblos- el espacio y la realidad desde donde se generan los conflictos que propician la emergencia de los linchamientos como parte de ellos.
Por último, algo que no es menor es que en un contexto en el que la violencia –en sus múltiples formas pero especialmente aquella que es el relato de la llamada “lucha o guerra en contra del narcotráfico”-, tiene un lugar preponderante en los medios de comunicación, se modifica la percepción y se esconde la complejidad de los linchamientos en tanto fenómenos de violencia colectiva. Los medios de comunicación lo que menos hacen es contribuir a un análisis sensato acerca de la violencia y así los linchamientos no están exentos de ser mal interpretados. Un detalle: hace algunos años, la opinión vertida en los sitios web de periódicos cuando había un evento de esta naturaleza generalmente era mayoritariamente de rechazo; ahora, abundan las opiniones que avalan, aplauden, justifican y casi hasta promueven (generalmente desde la comodidad del anonimato) los linchamientos.
Mucho se puede decir acerca de los linchamientos como actos performáticos que buscan conseguir ciertos fines –justificados o no-. Que en el linchamiento como proceso-drama social exista una etapa claramente escénica no significa que éste sea un acto deliberado. Nadie sabe cuándo sucederá un linchamiento, aunque sea posible que en los momentos previos a que la violencia se desborde, haya personas que lo inciten. Sin embargo, tampoco hay que confundir la deliberación colectiva como práctica cultural común en este tipo de pueblos (y que puede estar presente justo en esos momentos previos) y caracterizar el recurso de la violencia como práctica cultural. Ahora, lo importante, en tal caso, es que en un contexto conflictivo, los linchamientos bien pueden convertirse en una herramienta o medio que cree una coyuntura, que persiga convertirse en un acto político o en una estrategia política.
El linchamiento, una vez que es reportado, transmitido y repetido (y considerando que no todo linchamiento recibe la misma atención mediática) trasciende el ámbito local y se coloca en un escenario mayor y es posible colocar el agravio local en el escenario superior. ¿De qué manera es “visto”, leído o interpretado el linchamiento al presentarse ante un conjunto no diferenciado de espectadores –como en general puede calificarse a la audiencia televisiva, por ejemplo-? ¿Cuál es el sentido o la lectura que se hacen de este ejercicio de la violencia por esa audiencia?
Lo que me parece es que la apreciación que se hace, en y desde lo mediático, de los linchamientos evidencia sobre todo la incapacidad de analizar estos fenómenos dentro de una trama histórica mayor del conflicto regional o local y propicia (por no decir que no es capaz de evitar) las proliferación de opiniones fundamentalmente cargadas de prejuicio y de creencias tan condenables, como lo mismo que supuestamente se condena: por ejemplo, deducir que en tanto existen los linchamientos y asumiendo que son algo así como actos deliberadamente aleccionadores, permitidos por “la sociedad”, entonces las exigencias de justicia y de fin de la violencia de “la sociedad” quedan sin efecto o carecen de validez. Este puede parecer casi una anécdota burda, pero no miento si digo que lo he escuchado o leído, de manera más o menos sofisticada, en varias ocasiones. Me parece que lo grave es que bajo esa lógica –que es la de muchos ciudadanos e incluso ‘analistas’ u opinadores, la posibilidad de comprender el fenómeno de la violencia en general y tomar acciones para resolverlo quedan reducidas o acaso desaparecen, y ya no digamos que haya posibilidad de entender las razones más evidentes de por qué suceden los linchamientos.
Elisa Godínez
“Hay que vivir plenamente día tras día, como si tu labor fuera una aventura de duración y resultados inciertos. Científicamente eso es el trabajo de un investigador. Creo que el juego cotidiano de la ciencia es más importante que el establecimiento de una meta de triunfos o de reconocimientos. Gozo al dedicarme a satisfacer permanentemente mi curiosidad científica, como si me enfrentase a una sucesión interminable de retos”. Dr. Alfredo López Austin, Profesor emérito de la UNAM.